Una historia de clones



No tenía ni idea de que David Bowie tuviera un hijo, y que este fuera un director de cine prometedor y con gusto por las naves espaciales. Vi en mi cine favorito el acertado cartel de la película Moon y quise ver cómo se sigue manejando la ciencia ficción, género que tanto aprecio.

Moon es la historia de la solitaria vida de Sam Bell, un profesional que es enviado a la luna por un período de tres años. A través de este personaje se nos plantean reflexiones sobre la identidad. El protagonista, que sólo se comunica con un robot mayordomo, descubre que hay infinidad de clones de su persona en la base espacial donde habita, y por error se choca con uno de ellos. Descubre de esta forma que él no es el Sam verdadero, y que los recuerdos de su vida, esperanza para volver a casa, no son más que una copia injertada de la memoria de su original. “¿Entonces, es verdad que solo soy un clon?”, le pregunta a su robot, que asiente con una lánguida voz artificial y un smiley entristecido en su pantallita digital. Lo interesante de este asunto es el hecho de que a la mitad de la película se descubre que aquel que has estado siguiendo no es realmente el sujeto de la acción, es un engaño del guonista, que te hace despertar el ojo crítico y analizar miles de detalles. La tragedia de su vida es que ni siquiera es suya, ni del auténtico Sam Bell, sino de Lunar Industries. El pretexto para este giro argumental es la idea de la empresa de que el puesto sólo puede ser ocupado durante tres años antes de que la salud mental del empleado empiece a caer en detrimento. Para solucionarlo, crean los clones y les dejan vivir tres años, dándoles la esperanza de un regreso a la Tierra y un rencuentro con su esposa e hija. Tras ese periodo, le provocan al clon un accidente mortal y preparan al siguiente para continuar con el empleo, para así evitarse la preparación de un nuevo candidato y todo el coste que ello supondría.

El hecho de que el protagonista interaccione con su clon materializa un diálogo con su voz interior. El momento de crisis es una pelea de sangre entre uno y otro. Cuando uno de ellos muere, se abre una escena bastante tierna en la que Sam porta a Sam en brazos, ambos con sus respectivos trajes de astronauta. Es una manera de contarnos que la memoria individual no es más que un trozo de vida insignificante y absolutamente sustituible, y que el poder maneja esta debilidad a su antojo, considerando el anonimato un sinónimo de esclavitud. Además, cuando a esto se le suma la ignorancia provocada por la manipulación de la verdad, el individuo ni siquiera es consciente de su desgracia, por lo que no encuentra motivos para rebelarse. Qué hermosa metáfora es situar esta historia de clones en el espacio, lugar infinito, oscuro y silencioso.

Duncan Jones ha visto 2001, Odisea en el Espacio, y ha sabido aprender que el buen cine se hace con buenas ideas, y que el espacio exterior puede ser un decorado de 20 metros cuadrados. Esta es una buena moraleja de la ciencia ficción. Las fábulas ya no vienen de el antiguo oriente, si no del futuro, donde la metafísica cambia de color para enseñarnos cosas acerca del mundo en que vivimos, a veces como voz de lo universal y lo eterno, y a veces como crítica de un contexto histórico determinado. Para contarlo no hacen falta el 3D, u otros costosos efectos especiales. La ciencia ficción es un género perfecto para el teatro situacionista.

No puedo dejar de imaginarme a un joven David Bowie cantando Starman, Space Odity o Life on Mars como canciones de cuna al pequeño Duncan Jones.

y de fondo, Bear - The Antler

2 comentarios:

Estebender dijo...

Mis consideraciones personales sobre la memoria, como añadido crítico a lo que pueda enseñarnos la película.

La memoria es una cosa muy seria que estructura tus pies en tierra, y que te permite advertir las cosas desde un punto de vista estrictamente personal.
La memoria es esa cosa cuyo mecanismo es que va 'quedando', configurando así todo el drama humano. La memoria no es el conjunto de hechos que comprenden tu vida pasada, sino las leyes que rigen el sistema bibliotecario que las contiene.
Ese efecto último de revelación argumental poniendo en crisis la originalidad de la memoria, en clave de sorpresa es algo que supone precipitadamente que hay algo de exclusivo en tu memoria a dinamitar, cuando la memoria es esencialmente creativa.

El pasado no define la memoria, lo hace la percepción constante, el ánimo del cuerpo y la creatividad, la estructura que genera, que trae (dependiendo de una gimnasia más o menos condicionada de nuestro cerebro) selectivamente unos u otros recuerdos, o imágenes, o conceptos, siempre a tenor de un argumento, el cual siempre está al servicio de una sensibilidad determinada, de un afecto o un temperamento momentaneo. La memoria viene a respaldar los argumentos del cuerpo.

Seria imposible desarrollar una memoria válida y humana en un espacio vacio, intelectual, abstracto, como el Espacio.
El Espacio exterior ha sido utilizado en muchas ocasiones como alusión metafórica del cerebro humano. Utilizarlo como escenario del drama humano es ya histórico, no me parece el caso de Kubrick, para el cual los dramas humanos siempre cayeron en detrimento de una estética absorvente que obvia la humanidad de los personajes en pro de la expresión de grandes universales. 2001 es un alegato filófico sobre la humanidad impersonal.

Seria imposible sentirse humano en un espacio abstracto, y no concreto, donde se desarrolla nuestra memoria, siempre concreta, episódica, anecdótica, errática y recolectora de basuras varias.

Zunilda dijo...

Precisamente eso es un rasgo de la película. La memoria solo se desarrolla en la tierra, en la luna no hay memoria, repiten la que tienen guardada. Las grabaciones de la esposa del protagonista cuentan una historia inventada y llega un momento en que no hay más, porque la vida en el espacio no permite un avance de acontecimientos. Es todo estático, como si la memoria rebotara al exterior en un muro sordo, sin oxígeno. Por eso digo que el espacio es el mejor lugar que podrían haber elegido para contar esto, por la agorafobia y la evidencia de que un ser humano deja de serlo cuando abandona su espacio natural.